Los dos hombres solos, Johnny y Winston traspasaron la puerta de “El Churro Enmascarado”, el bar donde se prometía un ágape para celebrar el único triunfo del pueblo que había conseguido el club de fútbol de las chicas.
Hacía poco el establecimiento había sido remodelado, pareciendo más viejo que nuevo a pesar de la reforma. La moda de las casas rurales imponía una cierta vuelta atrás aunque muy conveniente, pues el mobiliario anterior era tan moderno como casposo, propio de los años 70 llevando sin cambiarse desde entonces. Los zócalos imitación madera habían desaparecido, así como las silla de aglomerado con lámina de imitación madera y patas de tubo de aluminio. La barra vio también su fin. A pesar de que el bar en el que Torrente hubiera sido feliz había sido tocado por la varita mágica de lo neorrural, algunas cosas del pasado reciente persistían como las colecciones de llaveros colgados de su clavito en la viga más visible, los retratos de celebraciones y triunfos futbolísticos del desaparecido equipo masculino, así como posters del As con su pátina amarilla de humo de tabaco y aceite de fritanga.
El baño estilo turco encontró lugar en los escombros y gracias a ello muchos parroquianos de “El Churro” pudieron usarlo sin temor a caer despanzurrados en el suelo.
Algunos rumoreaban que Venancio, el dueño de “El Churro” conservaba secretamente entre sus recuerdos el recuadro de plástico amarillento donde aparecían los muñequitos que señalaban el baño de señoras, y el de caballeros. Éstos habían sido sustituidos por otros que aún no habían acumulado sobre sí el desprestigio de indicar ese habitáculo que suele anunciar el inconfundible lugar por su olor a lejía y orín cervecero. Cuando esto se comentaba otros decían:
-Pero lo habrá desinfectado.
Otros apuntaban:
-Lo tendrá junto a la primera Mahou sin enjuagar que sirvió.
Allí debía estar en la trasera del bar que hacía las veces de trastero donde aún podían encontrarse las cajas de plástico de Mirinda, junto a la máquina del millón averiada y que nunca encontró interés en arreglar, así como el futbolín a cuyas barras se habían enganchado varias generaciones de lugareños.
-Qué, Mister, ¿para cuándo la copa de Europa? –se rió con increíble sonoridad para su diminuto tamaño el tipo. Johnny le miró sin saber qué contestar y Winston decidió hacer suya la pregunta al contestar.
-Para cuando a ti te crezca la polla.
-¿Es que él no tiene boca para hablar? –dijo el tipo pequeño a modo de defensa. Winston se limitó a mirarlo con desprecio.
-A relajarse –dijo Venancio el tabernero –sin rencores.
-Un Bloody Mary –pidió Johnny con sorprendente malicia.
-Anda, que te he dicho que esas rarezas no las servimos –se rió Venancio al ver el nuevo ánimo de Johnny.
-¿Dónde está el otro? –Winston miró a Venancio con extrañeza sin saber a qué se refería –Sí hombre, Fernandino y vosotros dos vais siempre juntos como los mosquiteros esos.
-Pues sabes tú mucho de eso, Venancio, ¿esa es la nueva tapa que vas a poner con la caña?
-Sí, dijo Johnny en lugar de palillos que ponga espaditas como las de los mos-qui-te-ros –se rió con gusto disfrutando de la broma mientras Venancio le miraba con mala cara.
-Que no se dice así ¿no? Siempre te ríes de mí cuando digo algo mal. No debieras. Soy quien te da de beber y te aguanta cuando te da la llorera por ya sabes qué. Y, tú, Carpanta, si quieres doble tapa no te cachondees. Que luego no te atreves con el que no te atreves.
-Anda ya… -respondió el aludido que le había entendido todo aunque no dijera casi nada. Carpanta, no se llamaba así, se lo pusieron por lo mucho que tragaba y a pesar de ello perdía las apuestas con don Jaime a propósito para contar con el favor del cacique. Pese a que su buche daba mil veces más de sí cuando notaba que don Jaime no podía más dejaba de comer los huevos fritos que eran el objetivo de la apuesta. Otras veces eran yogures. La mujer de don Jaime le hacía responsable de la gota de su marido por aceptarle los retos. Algunas fotos de esos acontecimientos colgaban de las paredes de “El Churro”, que ya se quedaban antiguas pues la gota atormentaba al orondo cacique más que sus culpas.
El tiempo pasaba y no aparecía la gente que creían que iba a llenar el local hasta los topes.
-¿Esperamos a más o no? –se desesperaba Venan.
-Te dije que era mejor si venían las niñas. ¿Dónde se ha visto celebrar algo si no están las protagonistas?
-Eso el día de la copa, a ver si don Jaime se estira.
-A mí eso me da igual –dijo Johnny airadamente.
-No te hagas el digno, con el esfuerzo que ha costao, así la ponemos en el bar, y se las restregamos al mosca verde del pueblo de al lao y todos.
-Como queráis, pero a ver quien se lo dice, Venan, tú que lo sabes tratar… -en ese momento la puerta se abrió dejando ver a don Jaime que adelantaba la garrota. Carpanta lanzó su enorme mole sudorosa con una celeridad sobrenatural para llegar hasta el cacique y ayudarlo, éste no se dejó y con apretar de dientes sobrellevó el dolor de los dedos al bajar los escalones a través de los que se descendía a los dominios de Venan. Carpanta, previsor él, no se apartó por si se caía. Casi setenta años de institución caciquil en Pedroso del Ponte ponían su pie en el remodelado bar y ahora casa rural gracias a las subvenciones de la Junta y a que al bar se agregaron dos habitaciones que antes eran troje con sus correspondientes baños. El Venan pretendía que le incluyeran en la famosa guía de carreteras, tanto premio creía él que merecían sus tapas y sus esfuerzos remodelatorios más higiénicos y decorativo. Las pocas señoras que tiraban de bravura para entrar a la tasca gozaban haciéndolo sufrir destacando las similitudes de la decoración rústica con las de la casa de huerta donde ellas pasaron su niñez.
-Venan, recuérdame que te traiga ristras de ajos y de pimientos, así me sentiré como en casa y más joven –ponerse en la órbita del progreso para servir de recordatorio a las reliquias femeninas del lugar hacía que el barman-posadero bufara de rabia lo cual hacía reír a sus torturadoras.
-No te enfades, Venan, le decía la Matilde –que tengo yo un arcón de mi abuela que lo podías poner aquí, que dice el Fernandino que es mucha moda. –La que faltaba por aguantar, la Chicharra del Pueblo, cuñada por demás. Más que matrimonio, cuando conoció a su cuñada le pareció “maltrimonio” como le gustaba contar lamentándose ante la clientela cada vez que la Matilde salía a relucir en algún chascarrillo normalmente promovido por ella.
El Venan sirvió un vino blanco (del bueno) a don Jaime que se había sentado en la mesa central de las cinco que había.
-Un brindis, enhorabuena al vencedor y a la compañía –alzó la copa y bebió de un trago. Tosió y levantó la mano abierta en ademán de callar a los que fueran a hablar.
-A ver el que sea que se informe de las copas y me venga por el dinero. Usted mismo ¿no es el entrenador? –señaló a Johnny que un poco aturdido y reticente se acercó vacilante y preguntó:
-¿Copas? ¿Ha dicho copas? Sólo creíamos que una.
-Sí, copas, una por niña de las chiquitinas y otra grande que se ponga aquí, y una especial para la capitana del equipo. ¿Quién es? –Disimuló como si no supiera –a la de la capitana encargad que lleve su nombre.
Venan escondió una sonrisa bajo su mano que rascaba un fingido picor, Johnny identificó el gesto y lo relacionó todo.
-Ya le informaré, muchas gracias don Jaime, ¿qué tal su gota? –preguntó Johnny.
-Doctor, muy bien ella, muy mal yo.
-Siga las instrucciones y no coma o beba lo que sabe que no debe –dijo Johnny cogiendo la copa de don Jaime en su mano y balanceándola por décimas ante la cara del cacique que por momentos ponía cara de niño enfadado y hasta un poco avergonzado.
-Doctor, no me atemorice, para lo que me queda en el convento…
-Yo hago mi trabajo, usted haga lo que quiera, luego no me podrá reclamar. ¿Cómo está su esposa? Hace tiempo que no viene a consulta.
-Igual, doctor, igual –lo dijo tan apesadumbrado que parecía más criado que amo.
De los que no habían abierto la boca se quedaron con ella abierta del asombro, nunca habían visto la desenvoltura de Johnny y el apocamiento del viejo. Lejos de despertar admiración se explicaron la osadía del médico en que al final todos dependían de él. Una cierta punzada de envidia sacudió el corazón de algunos, incluido el de Winston, que en ese momento revivió el deseo de antaño de pegar a Johnny como cuando eran pequeños: el repelente niño sabelotodo que todos los profesores usaban para atormentar con su buen ejemplo a los que no sacaban buenas notas. El santito buenacito, don perfecto. En ese instante de remembranza la comezón no le dejaba ver que sus pocos éxitos académicos eran compensados por su gran habilidad social gracias a la cual se había situado laboral y económicamente por resultados mejor que Johnny. Winston encendió de forma compulsiva un cigarrillo cuyas caladas no lograron calmarle, sólo la vuelta a su ser de Johnny que había terminado su perorata de matasanos y se había bajado del pedestal sagrado de la medicina hizo que Winston retomase la conversación dejada por aquél con don Jaime.
Tras el repaso hecho a los achaques de su mujer y a los suyos propios al ver a Winston se acordó de su pelirroja mujer que lo había fastidiado durante toda la mañana.
-¿Tú mujer es pelirroja? –Le espetó sin más –ten cuidado que dicen que las pelirrojas dan mala suerte.
-No lo era. Pelirroja –Winston se quedó pensativo. Le inquietaba que don Jaime hubiera reparado en su mujer. “¿Le habrá echado el ojo?” se preguntó intentando ahogar el sobresalto ocasionado por ese pensamiento.
-Ayudadme –ordenó don Jaime. Carpanta y el chofer le asistieron.
-Hasta pronto, Doctor y a la compañía. Venan, en mi cuenta –hizo un círculo imaginario en el aire para decir que los presentes quedaban invitados. Venan, asintió entendiendo.
-Gracias, don Jaime –corearon al unísono casi todos. Johnny se pensó si debía aceptar la invitación, pero decidió que era peor no hacerlo. Se preguntaba si merecía la pena crear un conflicto por una pequeñez así para poner a salvo su inquebrantable dignidad, o su dignidad seguía a salvo a pesar de aceptar una copa del cacique del pueblo. Miró a Winston y decidió que lo pensaría otro día. Winston le había dado muchas lecciones de indignidad cuando eran pequeños y ahora eran amigos.
Por la noche mientras cenaban en casa de Rachel intercambiaron sus vivencias de ese día. Cherry y Rachel habían acordado no hablar del seguimiento de don Jaime y para no poner alerta a la niña.
Con gran ceremonia Winston anunció una sorpresa para Arabia:
-Habrá copa, una para cada una, y otra especial para la capitana con su nombre y todo.
-¿Para mí? ¿Y la grande en “El Churro”? ¡Qué guay! Voy a llamar a mis amigas.
-¿Quién va a pagar ese derroche? –preguntó con malicia Cherry sabiendo de antemano la respuesta.
-¿Quién crees tÚ? –contestó Johnny desafiante sin poder apartar la vista de la blancura de los perfectos dientes de Cherry. Rachel se levantó y se fue a la cocina.
-Johnny, ve tú, yo no sé qué decirle, la culpa es mía, yo animé a Arabia a jugar.
Cuando Johnny entró Rachel estaba echándose agua del grifo del fregadero en la cara. Él sacó un pañuelo de tela con sus iniciales bordadas por su tía monja. Con geste decidido le cogió la barbilla y le limpió la cara. Ella cerró los ojos aspirando la delicada fragancia a romero que expedía la tela blanca.
Todos los días nos ocurren cosas que nos cohibimos de contar por cualesquiera motivos, todo el mundo quiere oir algo bueno y bonito. Aquí escribo lo que quiero y si alguien quiere algo bueno y bonito que lo busque en otra parte.
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miércoles, 30 de junio de 2010
miércoles, 2 de junio de 2010
Mi querido profesor: Mejor quédate en mis recuerdos
Últimamente hay un anuncio en todos los bloques de publicidad en el que un individuo hace los deberes con su hijo y al pronunciar “Echar echa a la Hache” recuerda al profesor que se lo enseñó –para qué lo jubilarían con lo eficaz que era- y lo llama para darle las gracias. Que imagino el susto que se pega el hombre y piensa quién será el zumbado que se acuerda de mí a estas alturas. Aparte de ser una necesaria lección de ortografía para todos y para mí la primera –buen ejercicio de modestia-, el spot es cursi a morir. La influencia debe ser atroz por lo muy repetido y es que a muchos se les puede ocurrir acordarse de aquel profesor al que singularmente no odiaba, y darle la paliza por teléfono. Que yo me imagino ahora a esos miles de profesores recibiendo llamadas de todos los alumnos sentimentaloides que habrá tenido en su vida agradeciéndoles aquella pequeña lección de ortografía (todos los verbos conjugados terminados en aba se escriben con B). En fin, la compañía telefónica debe estar encantada. Y supongo que el ego de ese tipo de profesor que tenía más éxito con el alumnado que sus colegas también. Que en su lugar yo me preguntaría la razón de tanta adoración.
Pero nadie recuerda a aquellos que sin ser tan carismáticos contribuyeron igual o mejor a nuestro desarrollo como personas. Nadie recordará tanto hasta el punto de buscar su teléfono como loco a aquella maestra que te regañaba cuando te sacabas el chicle de la boca y lo dejabas en la mesa para a continuación volverlo a masticar, recordándote los millones de bacterias que te metías junto con el chicle reciclado. Nadie dará la paliza a aquel profesor bigotudo que te dio los suficientes rudimentos de electricidad haciendo cualquier artesanía chapucera y que ahora te sirven para saber arreglar enchufes e incluso lámparas, además de cambiar casquillos lo cual le puede servir a una mujer para despertar la admiración de un vecino insidioso que exclama: “¡qué capacitada!”. Nadie buscará con la desesperación de un fan de Bisbal a este mismo profesor al recordarte, tirándote una tiza con perfecta puntería, que supieras guardar la compostura y te callaras. Nadie recordará a aquella profesora víctima de la ansiedad y el tabaquismo, que consumida por los gritos que tenía que dar a casi cuarenta fieras, acabó llorando de desesperación, y lo que aquel lamentable episodio te enseñó. Nadie recordará hasta el punto de reconocerlo por la calle a aquel profesor que te contaba sus viajes por Europa en un coche que despertaba el asombro de los lugareños de pueblos de Europa de Este, ya que al arrancarlo se elevaban los amortiguadores, despertando en ti la curiosidad por los viajes al extranjero y por otros pueblos. Nadie recordará a aquel pobre profesor que teniendo plaza en propiedad se vio relegado a ejercer como sustituto de otro un año entero porque fue pésimamente tratado por su alumnado al ser víctima de la comparación constante con su antecesor. Menos aún se recordará a la profesora de religión, debido a los pocos alumnos y que con gran moderación te ilustraba con capítulos del Evangelio y se conformaba con que hicieras dibujos. Nadie recordará a aquel profesor que preparaba apuntes cuidadísimos, elaborados con el ancestro del procesador de textos que era aquella regla con números, signos y letras de molde. Pero en esta vida hay gente medida con otra vara y cae singularmente graciosa a pesar de que hagan cosas absolutamente reprochables, y por supuesto mejor no recordarlas. Hay gestos y modos de ser que, enseñanzas formalmente académicas al margen, pueden influir y de hecho lo hacen, casi siempre para bien en la vida de una persona.
Y es estupendo que si te lo encuentras por la calle lo saludes con afecto, que es lo que algunos prefieren que se haga, pero de ahí a montar un club de fans… es algo enfermizo y más a ciertas edades, porque hay cosas que es preferible dejar en el recuerdo y no ir más allá. A ciertas edades si no se tiene bien superada la carencia de figura paterna es que hay algo que no anda bien. Pero si lo que se busca es resucitar el primer amor infantil que se suele dar entre profesores y alumnos, mal vamos. En este último caso te vas a encontrar con una persona por la que ha pasado el tiempo y en nada vas a encontrar a ese apuesto caballero que algunas pusieron encima de un bello corcel. El paso del tiempo no sólo hace estragos en lo físico, además están los azotes de las experiencias que en lo personal sirven, pero cara a los demás te arrebatan esa capa de inocencia que te hacía ser digno de confianza sin mucho esfuerzo. La mirada cambia, y aquellos ojos chispeantes de vida se pueden haber apagado y en lugar de aquel fulgor te encontrarás probablemente unos ojos apagados por la depresión o la mirada que deja el estar de vuelta de todo. Aquella voz que recordabas dulce y pausada ahora puede haberse tornado el eco de una caverna. Pero la vida es maravillosa y está la esperanza de que como hay gente que nace en el lado blando siga igual que lo dejaron. Enhorabuena pues, pero si tuviera necesidad de revivir a ese profesor, mejor en mis recuerdos.
¿Cuántos profesores puede tener una persona en la vida para sólo acordarse siempre y tan intensamente del mismo?
Está aquel que fumaba en pipa y que se tomaba la molestia de felicitarte personalmente (y no en clase para practicar la estrategia del palo y la zanahoria) por el buen trabajo que habías hecho y que te sacaba los colores al recordarte que Amadeo de Saboya había sido también rey y en sí mismo era una dinastía regia de España para que se te bajaran los humos de “quien todo lo sabe”.
Está aquel otro que se ofendía porque su asignatura se te daba más mal que las otras y te quería convencer de que la suya era más útil que el latín y la literatura.
O aquél que te miraba el escote mientras hacía la ronda para vigilar que no se copiara en el examen y con ello te recordó que ya no eras la niña que él conoció y que había que moderarse en el vestir para evitar que sus ojos cayeran donde no debían y poder seguir la fiesta en paz. O el que en venganza porque en su clase se comían kikos a puñados con el consiguiente ruido, en el examen se dedicó a pasearse caramelo en boca haciendo cerca de tu oreja ruidos sonorosísimos moviendo el caramelo para un lado y para otro mientras te miraba la hoja de examen pegada aún en el pupitre. O aquel que estando constipado y cayéndosete los mocos teniendo por único aliviadero un pañuelo de tela repleto de fluidos, al pedirle en medio del examen ir al servicio para lavar el repugnante trozo de tela, te retiró el examen por las sospechas de que pudiera buscar las respuestas al examen desde el retrete, y al volver se arrepintió y quería que siguieras, pero tú muy dignamente rechazaste tal generosidad.
O aquella que de modo milagroso hizo que aprobaras las matemáticas pendientes de un curso y empezaras a adorar las de los siguientes, sin duda tenía un don y era digna de que otros profesores aprendieran de ella. Una críptica función se convertía en un pasatiempo, una derivada en un acertijo.
O aquel profesor de latín de pelo rizado que adoraba su materia pese a ser un novato que se tomaba demasiado en serio a sí mismo en un principio, pero con el que acabamos yendo a conciertos y exposiciones de modo voluntario y nos dejaba en casa a la vuelta.
O aquella profesora de inglés que amenizaba todas sus clases con “As time Goes Bye” y acabó sucumbiendo a la morriña o a las penas de amor y dejó el instituto a mitad de curso. O aquella otra de inglés también que te ponía “El Príncipe de las Mareas” en versión original subtitulada y te enseñó el camino para aprender algo más de forma autodidacta, además de amar con todas tus fuerzas y quedar enganchada para siempre a las Ceremonias de los Oscar de Hollywood, dándote así, sin querer, una utilidad a aquel idioma que creías que nunca iba a servirte.
O aquel profesor de música que pese a lo exiguo de sus clases llegaste a conectar con él y te enseñó que la música clásica no era sólo para relajarse, y que había piezas que tenían más ritmo que cualquier composición heavymetal, y gracias a eso descubriste Radio 2 y te la ponías muy bajito en el radiocasete de una sola pletina para estudiar por la noche. Aquél gracias al cual escuchaste Vivaldi en el Auditorio Nacional, donde descubriste que la gente tosía toda a la vez sin causa aparente y te explicaron porqué. Aquél con el que fuimos a un bar cerca del Palacio de Linares, y sin querer te enseñó que Madrid no sólo era la ciudad a la que ibas para ver museos con las excursiones del colegio. Aquél que de vuelta del trabajo te lo encontraste en el tren y no le importó sentarse contigo; y no se enfadó cuando se te cerraban los ojos de cansancio en clase y durante segundos te quedabas dormida y se preocupó porque sabía que trabajabas y te preguntó si podías seguir.
O aquella profesora que en la primera clase tras las navidades se le caían las lágrimas sobre los apuntes de las explicaciones y al no poder aguantar se salió del aula, y sus alumnos tras ella, y se dejó consolar porque su familiar había perecido el día de Año Nuevo de un modo particularmente trágico. Y a pesar de todo siguió al pie del cañón.
Aquélla que te demostró que para ser elegante bastaba muy poco, y que sólo con pretender algo ya abres una puerta aunque jamás lo consigas. Y que de verdad tocan coches gracias a las cervezas del Alcampo y no son tongos los sorteos, pero que si aceptas el coche casi que te ves obligado a venderlo para pagar a Hacienda.
O aquél que te hizo creer por un tiempo que eras especial y que echó a tus compañeras de su despacho cuando estabas hablando con él ordenándoles cerrar la puerta y siguió hablando contigo pese a que tú te habías levantado de la silla para irte. Todo para contestarte preguntas tipo “Si no quieres no me contestes, pero me pregunto como era tu padre para que tú hayas salido así”, y contestó sin tener porqué.
O aquél al que no se le cayeron los anillos al proponerte que compartieras fila de butaca en el teatro junto con su madre, su esposa y él.
O aquél que, corrigiéndote en su guardia de biblioteca el comentario de texto, te preguntó porqué no sacabas más nota, y pegó un golpe con la palma de la mano de rabia al escuchar la respuesta: “Si hago eso me cogerán manía y en ese ambiente a ver cómo sigues”. Y su réplica fue: “Así va este país”.
Igual que otro que me enseñó que pueden reconocer sus errores sobre la marcha y no quedar mutilados de por vida por ello. Puede ocurrir que a un alumno que repitió primero y segundo, al superar tercero a la primera le diga: “Felicidades, este no lo has repetido” con mucha sorna, y se le conteste con el tono más desagradable un “Gracias” con el “GRA” muy marcado, y una mirada no precisamente amable, y él desde las escaleras desde donde te habló baje un peldaño y te pida perdón por si te ha molestado.
Hay muchos ejemplos y seguro mejores, pero todos los profesores por malos o chungos que nos parezcan nos han enseñado algo, porque les pagan, pero muchos hacen cosas que van más allá de aquello a lo que les obliga la nómina, aunque las hagan sin querer y aprendes y te sirve o quizá no, pero es cojonudo para recordarlo por ejemplo en un post.
Y hay cosas que mejor en el recuerdo, porque tras los saludos y la consabida invocación de los maltrechos recuerdos hay un vacío incómodo de muchos años e incluso de varias décadas. Un profesor te enseña, pero no es tu amigo ni tu pariente, no te debe nada ni tú a él, pero puedes estropear un bonito recuerdo por revivirlo en una carne y un alma que no es aquélla que te encantó. En todo caso, si eres tan agradecido anónimo como el del anuncio haz como dijo aquel profesor al alumno que le llamaba de cuando en cuando, y éste le recordó que seguro que le estaba molestando: “Yo quiero que mis antiguos alumnos hagan como yo con mi profesor, que cuando sea viejo y me vean por la calle me saluden con afecto”. Lo idóneo sería que esto se hiciera con todos los profesores, cuando sean viejos y sus vidas queden reducidas a una miserable pensión no sólo con aquéllos que tienen la suerte de tener el carisma que les convierte en inolvidables para la gran mayoría sin más méritos o atenciones otorgadas que ese rasgo.
Desde aquí gracias al de la pipa que fue crítico conmigo y es el único culpable de que me atreva a escribir. El dominio del idioma se debe en exclusiva a una profesora sin vacante en la administración, pero que tiene un título de por vida: el de madre. La ortografía y la gramática es fruto de la labor de los muchos profesores/as de lengua que tuve. Los errores son sólo achacables a mí.
Amén
Pero nadie recuerda a aquellos que sin ser tan carismáticos contribuyeron igual o mejor a nuestro desarrollo como personas. Nadie recordará tanto hasta el punto de buscar su teléfono como loco a aquella maestra que te regañaba cuando te sacabas el chicle de la boca y lo dejabas en la mesa para a continuación volverlo a masticar, recordándote los millones de bacterias que te metías junto con el chicle reciclado. Nadie dará la paliza a aquel profesor bigotudo que te dio los suficientes rudimentos de electricidad haciendo cualquier artesanía chapucera y que ahora te sirven para saber arreglar enchufes e incluso lámparas, además de cambiar casquillos lo cual le puede servir a una mujer para despertar la admiración de un vecino insidioso que exclama: “¡qué capacitada!”. Nadie buscará con la desesperación de un fan de Bisbal a este mismo profesor al recordarte, tirándote una tiza con perfecta puntería, que supieras guardar la compostura y te callaras. Nadie recordará a aquella profesora víctima de la ansiedad y el tabaquismo, que consumida por los gritos que tenía que dar a casi cuarenta fieras, acabó llorando de desesperación, y lo que aquel lamentable episodio te enseñó. Nadie recordará hasta el punto de reconocerlo por la calle a aquel profesor que te contaba sus viajes por Europa en un coche que despertaba el asombro de los lugareños de pueblos de Europa de Este, ya que al arrancarlo se elevaban los amortiguadores, despertando en ti la curiosidad por los viajes al extranjero y por otros pueblos. Nadie recordará a aquel pobre profesor que teniendo plaza en propiedad se vio relegado a ejercer como sustituto de otro un año entero porque fue pésimamente tratado por su alumnado al ser víctima de la comparación constante con su antecesor. Menos aún se recordará a la profesora de religión, debido a los pocos alumnos y que con gran moderación te ilustraba con capítulos del Evangelio y se conformaba con que hicieras dibujos. Nadie recordará a aquel profesor que preparaba apuntes cuidadísimos, elaborados con el ancestro del procesador de textos que era aquella regla con números, signos y letras de molde. Pero en esta vida hay gente medida con otra vara y cae singularmente graciosa a pesar de que hagan cosas absolutamente reprochables, y por supuesto mejor no recordarlas. Hay gestos y modos de ser que, enseñanzas formalmente académicas al margen, pueden influir y de hecho lo hacen, casi siempre para bien en la vida de una persona.
Y es estupendo que si te lo encuentras por la calle lo saludes con afecto, que es lo que algunos prefieren que se haga, pero de ahí a montar un club de fans… es algo enfermizo y más a ciertas edades, porque hay cosas que es preferible dejar en el recuerdo y no ir más allá. A ciertas edades si no se tiene bien superada la carencia de figura paterna es que hay algo que no anda bien. Pero si lo que se busca es resucitar el primer amor infantil que se suele dar entre profesores y alumnos, mal vamos. En este último caso te vas a encontrar con una persona por la que ha pasado el tiempo y en nada vas a encontrar a ese apuesto caballero que algunas pusieron encima de un bello corcel. El paso del tiempo no sólo hace estragos en lo físico, además están los azotes de las experiencias que en lo personal sirven, pero cara a los demás te arrebatan esa capa de inocencia que te hacía ser digno de confianza sin mucho esfuerzo. La mirada cambia, y aquellos ojos chispeantes de vida se pueden haber apagado y en lugar de aquel fulgor te encontrarás probablemente unos ojos apagados por la depresión o la mirada que deja el estar de vuelta de todo. Aquella voz que recordabas dulce y pausada ahora puede haberse tornado el eco de una caverna. Pero la vida es maravillosa y está la esperanza de que como hay gente que nace en el lado blando siga igual que lo dejaron. Enhorabuena pues, pero si tuviera necesidad de revivir a ese profesor, mejor en mis recuerdos.
¿Cuántos profesores puede tener una persona en la vida para sólo acordarse siempre y tan intensamente del mismo?
Está aquel que fumaba en pipa y que se tomaba la molestia de felicitarte personalmente (y no en clase para practicar la estrategia del palo y la zanahoria) por el buen trabajo que habías hecho y que te sacaba los colores al recordarte que Amadeo de Saboya había sido también rey y en sí mismo era una dinastía regia de España para que se te bajaran los humos de “quien todo lo sabe”.
Está aquel otro que se ofendía porque su asignatura se te daba más mal que las otras y te quería convencer de que la suya era más útil que el latín y la literatura.
O aquél que te miraba el escote mientras hacía la ronda para vigilar que no se copiara en el examen y con ello te recordó que ya no eras la niña que él conoció y que había que moderarse en el vestir para evitar que sus ojos cayeran donde no debían y poder seguir la fiesta en paz. O el que en venganza porque en su clase se comían kikos a puñados con el consiguiente ruido, en el examen se dedicó a pasearse caramelo en boca haciendo cerca de tu oreja ruidos sonorosísimos moviendo el caramelo para un lado y para otro mientras te miraba la hoja de examen pegada aún en el pupitre. O aquel que estando constipado y cayéndosete los mocos teniendo por único aliviadero un pañuelo de tela repleto de fluidos, al pedirle en medio del examen ir al servicio para lavar el repugnante trozo de tela, te retiró el examen por las sospechas de que pudiera buscar las respuestas al examen desde el retrete, y al volver se arrepintió y quería que siguieras, pero tú muy dignamente rechazaste tal generosidad.
O aquella que de modo milagroso hizo que aprobaras las matemáticas pendientes de un curso y empezaras a adorar las de los siguientes, sin duda tenía un don y era digna de que otros profesores aprendieran de ella. Una críptica función se convertía en un pasatiempo, una derivada en un acertijo.
O aquel profesor de latín de pelo rizado que adoraba su materia pese a ser un novato que se tomaba demasiado en serio a sí mismo en un principio, pero con el que acabamos yendo a conciertos y exposiciones de modo voluntario y nos dejaba en casa a la vuelta.
O aquella profesora de inglés que amenizaba todas sus clases con “As time Goes Bye” y acabó sucumbiendo a la morriña o a las penas de amor y dejó el instituto a mitad de curso. O aquella otra de inglés también que te ponía “El Príncipe de las Mareas” en versión original subtitulada y te enseñó el camino para aprender algo más de forma autodidacta, además de amar con todas tus fuerzas y quedar enganchada para siempre a las Ceremonias de los Oscar de Hollywood, dándote así, sin querer, una utilidad a aquel idioma que creías que nunca iba a servirte.
O aquel profesor de música que pese a lo exiguo de sus clases llegaste a conectar con él y te enseñó que la música clásica no era sólo para relajarse, y que había piezas que tenían más ritmo que cualquier composición heavymetal, y gracias a eso descubriste Radio 2 y te la ponías muy bajito en el radiocasete de una sola pletina para estudiar por la noche. Aquél gracias al cual escuchaste Vivaldi en el Auditorio Nacional, donde descubriste que la gente tosía toda a la vez sin causa aparente y te explicaron porqué. Aquél con el que fuimos a un bar cerca del Palacio de Linares, y sin querer te enseñó que Madrid no sólo era la ciudad a la que ibas para ver museos con las excursiones del colegio. Aquél que de vuelta del trabajo te lo encontraste en el tren y no le importó sentarse contigo; y no se enfadó cuando se te cerraban los ojos de cansancio en clase y durante segundos te quedabas dormida y se preocupó porque sabía que trabajabas y te preguntó si podías seguir.
O aquella profesora que en la primera clase tras las navidades se le caían las lágrimas sobre los apuntes de las explicaciones y al no poder aguantar se salió del aula, y sus alumnos tras ella, y se dejó consolar porque su familiar había perecido el día de Año Nuevo de un modo particularmente trágico. Y a pesar de todo siguió al pie del cañón.
Aquélla que te demostró que para ser elegante bastaba muy poco, y que sólo con pretender algo ya abres una puerta aunque jamás lo consigas. Y que de verdad tocan coches gracias a las cervezas del Alcampo y no son tongos los sorteos, pero que si aceptas el coche casi que te ves obligado a venderlo para pagar a Hacienda.
O aquél que te hizo creer por un tiempo que eras especial y que echó a tus compañeras de su despacho cuando estabas hablando con él ordenándoles cerrar la puerta y siguió hablando contigo pese a que tú te habías levantado de la silla para irte. Todo para contestarte preguntas tipo “Si no quieres no me contestes, pero me pregunto como era tu padre para que tú hayas salido así”, y contestó sin tener porqué.
O aquél al que no se le cayeron los anillos al proponerte que compartieras fila de butaca en el teatro junto con su madre, su esposa y él.
O aquél que, corrigiéndote en su guardia de biblioteca el comentario de texto, te preguntó porqué no sacabas más nota, y pegó un golpe con la palma de la mano de rabia al escuchar la respuesta: “Si hago eso me cogerán manía y en ese ambiente a ver cómo sigues”. Y su réplica fue: “Así va este país”.
Igual que otro que me enseñó que pueden reconocer sus errores sobre la marcha y no quedar mutilados de por vida por ello. Puede ocurrir que a un alumno que repitió primero y segundo, al superar tercero a la primera le diga: “Felicidades, este no lo has repetido” con mucha sorna, y se le conteste con el tono más desagradable un “Gracias” con el “GRA” muy marcado, y una mirada no precisamente amable, y él desde las escaleras desde donde te habló baje un peldaño y te pida perdón por si te ha molestado.
Hay muchos ejemplos y seguro mejores, pero todos los profesores por malos o chungos que nos parezcan nos han enseñado algo, porque les pagan, pero muchos hacen cosas que van más allá de aquello a lo que les obliga la nómina, aunque las hagan sin querer y aprendes y te sirve o quizá no, pero es cojonudo para recordarlo por ejemplo en un post.
Desde aquí gracias al de la pipa que fue crítico conmigo y es el único culpable de que me atreva a escribir. El dominio del idioma se debe en exclusiva a una profesora sin vacante en la administración, pero que tiene un título de por vida: el de madre. La ortografía y la gramática es fruto de la labor de los muchos profesores/as de lengua que tuve. Los errores son sólo achacables a mí.
Amén
martes, 1 de junio de 2010
Para atrás ni para coger impulso
Es una frase muy manida, a la que costaba darle un significado, hasta que ocurre. "Para atrás ni para coger impulso" tiene lógica, porque si vuelves para atrás puedes reactivar fantasmas del pasado que se disolvieron en la estela del mucho tiempo que pasó desde que los dejaste. Gracias a las redes sociales puedes realizar este ejercicio tenebroso. La frase aludida esconde gran sabiduría, porque si reculas, puedes sin querer alimentar monstruos que por un orgullo exacerbado ven regado de nuevo el odio que el tiempo y la falta de noticias secó.
A veces somos muy benignos al recordar el pasado remoto, y tendemos a creer que pudimos equivocarnos al juzgar tan negativamente gentes y sus obras. Pero pese al consejo del sabio que pronunció la frase, de la vuelta al pasado puedes recoger frutos muy saludables. Uno es reafirmar que tus impresiones pasadas sobre gentes, sus obras y actitudes no eran equivocadas. Otro fruto, éste muy jugoso y lleno de vitaminas es que puedes encontrar gente que sí era tan extraordinaria tanto en el pasado como en el presente, el paso del tiempo ha pulido las buenas cualidades de estas personas.
De la vuelta al pasado la conclusión clara es que quien era de un cierto modo de ser lo sigue siendo pero de un modo potenciado, tanto en lo positivo como en lo negativo.
Nadie es perfecto, pero si contactas con alguien a través de la red es porque tienes un deseo de relacionarte con esa persona a través del único modo posible a través de la red: la comunicación, preferentemente escrita -chat, correos, intercambio de enlaces, fotos, comentarios-. Se te puede dar el caso de que haya algún caso en el que la comunicación sea inviable, porque reconozcamos que el querer ser amigo de alguien por sí no basta para serlo y ocurre que no hay química. Tras unas conversaciones en las que invocas viejos recuerdos no queda más que hablar de uno mismo o de terceros (cosas o personas), si se da el caso de que una de las personas no habla de absolutamente nada, llega un momento que tienes la sensación de estar pronunciando un monólogo. Puedes optar por interrumpir la conversación de un modo diplomático inventándote una excusa cualquiera, pero si no eres partidaria de mentir al final dices la verdad que te has bloqueado y no te salen temas. Te preguntan que si te bloqueas porque estás recién levantada -comentario que aunque escrito te suena a perdigonazo con segunda intención típico de vecindona- y al final dices la verdad desnuda. Te contestan: "Tú habla y yo opino". ALUCINANTE. No sé en qué universo paralelo se ha generado la idea que conciben algunas personas de que ellos tienen el privilegio de opinar sobre lo que cuentes, pero que eso no puede suceder a la inversa. Debe ser la influencia de tantos programas de corazón en la que el pagado personaje cuenta una historia X y una cuadrilla de "Periodistas" juzga lo contado. Pero ocurre que a ti no te pagan por entretener las horas muertas de un individuo que probablemente crea, por cualesquiera motivos, que el mundo gira en torno a él y que tú debes estar muy agradecido porque te escuche, debe ser como aquella niña que invitó a su amiguita a merendar y cuando la otra no hizo lo que ella quería le restregó el croissant del Alcampo con pastilla de chocolate por la cara. Y es que si un niño tiene ciertas actitudes de adulto las desarrollará de modo potenciado como en el caso de la niña del croissant, demostrando su afán de humillar o, por ejemplo, el niño que nunca prestaba sus Plastidecor de 36 colores excusándose en que se le iban a gastar (¿existe alguien que haya gastado una caja de Plastidecor en su puñetera vida?), demuestra una clara tendencia a la falta de generosidad de mayor y en temas aparte de los Plastidecor habrá desarrollado una total tendencia a no compartir nada.
Hay personas que cuando reciben este reproche se escudan en acusar al reprochante de querer inmiscuirse en su vida. Felicidades por tener tanto celo por tu intimidad, ¿pero qué hace creer a estas personas que el resto no podamos defender nuestra intimidad y más aún de personas que rellenan sus vacías vidas con las conversaciones que tú tienes con ellas? No es un intercambio justo pedir que confíes cuando ellos no lo hacen. Ser sincera puede resultar peligroso cuando te hacen creer que aceptarte en su red social equivale a comprender y superar aquello que hizo que esa persona no formara parte de tu vida. Gran error, no solo no te comprendieron sino que encima se dedican a contar historias a conocidos en común, con el fin de dar una cierta imagen de ti claramente en negativo como haría un trepa cualquiera en un trabajo. Su ausencia de temas para hablar contigo se ve suplida por el tema del mal rollo contigo para hablar con otros. Aunque debería esperarse que todo el mundo fuera lo bastante inteligente como para ver la malicia que esconde la alerta tan particular que hace sobre ti, motivada únicamente porque decides que si una persona solo abre el chat para que hables tú no te apetece hablar, porque no te gusta hacer monólogos, sino comunicarte e intercambiar impresiones sobre cualquier asunto, por trivial que sea, aunque no tenga un fin concreto; sólo porque te gusta lo que sientes cuando hablas o intercambias comentarios con otro ser humano aunque sólo sea sobre una vieja canción mexicana de Lola Beltrán, el calor del verano, Berruguete y Salcillo, el ascensor de una foto, la foto de una amiga en la que está particularmente guapa.
Nadie pide que todos los días se hable, ni todos los meses, sino que si se tercia se hable si te apetece de lo que te apetezca, pero no constreñir a la otra persona a hacer u obrar según tu capricho. Nadie está obligado a soportar a nadie, si alguien no te gusta elimina la conexión de esa persona con tu red y a otra cosa.
Puede ocurrir que incluso un mal día en la que alguien te hiere ofrezcas a todo el mundo saldar cuentas pendientes contigo, pero no hay narices, es más gustoso machacar la imagen de esa persona frente a antiguos coincidentes espacio-temporales con los que apenas compartiste alguna conversación o juegos en el patio del recreo. Pero esa persona no se da cuenta de que todos somos absolutamente desconocido porque han pasado más de veinte años en los que como máximo te has encontrado con alguien por la calle y no te han querido saludar, o has intercambiado algunas frases con prisa. Lo siento, pero nada de lo que pueda contar ese fantasma del pasado interesa a esas personas, porque ni era de su interés en el pasado ni por supuesto ahora. Pero en las redes sociales el azar es caprichoso y por muchas precauciones que se tomen acabas enterándote por lo que alguien escribe en un muro mencionando palabras como "latente" y "remover", muy reveladoras porque se pronuncian en un contexto muy específico, e igual que ese muro delator alerta de una cierta corriente de comunicación, alguien puede acabar revelando que se está cometiendo un delito contra el honor y la propia imagen, por mucho que se crea que no queda rastro porque la persona tan cautelosa habla por chat y cree que no deja rastros. Se olvida que existe un elemento probatorio llamado TESTIGO, y que no todo el mundo va a jalear el linchamiento moral chat a chat que va haciendo.
Tal vez ciertas personas tengan o tengamos una personalidad que en nada se adapta al predominante montón montonero en el que sólo se puede actuar de una forma: como borregos siguiendo a la cabeza del rebaño. Pero este país tengo entendido que es libre casi tanto tiempo como llevo viva, y desarrollo libremente mi personalidad sin menoscavar a nadie apuñalándolo con el dedo acusador con su nombre y apellidos. En cambio, se está juzgando a alguien vía chat por no fingir que le gustan excoincidentes espaciotemporales que en su día no demostraron ninguna afinidad cuando convivías con ellos y en la actualidad demuestran seguir igual.
Si alguna duda quedaba ya está solventada.
A veces somos muy benignos al recordar el pasado remoto, y tendemos a creer que pudimos equivocarnos al juzgar tan negativamente gentes y sus obras. Pero pese al consejo del sabio que pronunció la frase, de la vuelta al pasado puedes recoger frutos muy saludables. Uno es reafirmar que tus impresiones pasadas sobre gentes, sus obras y actitudes no eran equivocadas. Otro fruto, éste muy jugoso y lleno de vitaminas es que puedes encontrar gente que sí era tan extraordinaria tanto en el pasado como en el presente, el paso del tiempo ha pulido las buenas cualidades de estas personas.
De la vuelta al pasado la conclusión clara es que quien era de un cierto modo de ser lo sigue siendo pero de un modo potenciado, tanto en lo positivo como en lo negativo.
Nadie es perfecto, pero si contactas con alguien a través de la red es porque tienes un deseo de relacionarte con esa persona a través del único modo posible a través de la red: la comunicación, preferentemente escrita -chat, correos, intercambio de enlaces, fotos, comentarios-. Se te puede dar el caso de que haya algún caso en el que la comunicación sea inviable, porque reconozcamos que el querer ser amigo de alguien por sí no basta para serlo y ocurre que no hay química. Tras unas conversaciones en las que invocas viejos recuerdos no queda más que hablar de uno mismo o de terceros (cosas o personas), si se da el caso de que una de las personas no habla de absolutamente nada, llega un momento que tienes la sensación de estar pronunciando un monólogo. Puedes optar por interrumpir la conversación de un modo diplomático inventándote una excusa cualquiera, pero si no eres partidaria de mentir al final dices la verdad que te has bloqueado y no te salen temas. Te preguntan que si te bloqueas porque estás recién levantada -comentario que aunque escrito te suena a perdigonazo con segunda intención típico de vecindona- y al final dices la verdad desnuda. Te contestan: "Tú habla y yo opino". ALUCINANTE. No sé en qué universo paralelo se ha generado la idea que conciben algunas personas de que ellos tienen el privilegio de opinar sobre lo que cuentes, pero que eso no puede suceder a la inversa. Debe ser la influencia de tantos programas de corazón en la que el pagado personaje cuenta una historia X y una cuadrilla de "Periodistas" juzga lo contado. Pero ocurre que a ti no te pagan por entretener las horas muertas de un individuo que probablemente crea, por cualesquiera motivos, que el mundo gira en torno a él y que tú debes estar muy agradecido porque te escuche, debe ser como aquella niña que invitó a su amiguita a merendar y cuando la otra no hizo lo que ella quería le restregó el croissant del Alcampo con pastilla de chocolate por la cara. Y es que si un niño tiene ciertas actitudes de adulto las desarrollará de modo potenciado como en el caso de la niña del croissant, demostrando su afán de humillar o, por ejemplo, el niño que nunca prestaba sus Plastidecor de 36 colores excusándose en que se le iban a gastar (¿existe alguien que haya gastado una caja de Plastidecor en su puñetera vida?), demuestra una clara tendencia a la falta de generosidad de mayor y en temas aparte de los Plastidecor habrá desarrollado una total tendencia a no compartir nada.
Hay personas que cuando reciben este reproche se escudan en acusar al reprochante de querer inmiscuirse en su vida. Felicidades por tener tanto celo por tu intimidad, ¿pero qué hace creer a estas personas que el resto no podamos defender nuestra intimidad y más aún de personas que rellenan sus vacías vidas con las conversaciones que tú tienes con ellas? No es un intercambio justo pedir que confíes cuando ellos no lo hacen. Ser sincera puede resultar peligroso cuando te hacen creer que aceptarte en su red social equivale a comprender y superar aquello que hizo que esa persona no formara parte de tu vida. Gran error, no solo no te comprendieron sino que encima se dedican a contar historias a conocidos en común, con el fin de dar una cierta imagen de ti claramente en negativo como haría un trepa cualquiera en un trabajo. Su ausencia de temas para hablar contigo se ve suplida por el tema del mal rollo contigo para hablar con otros. Aunque debería esperarse que todo el mundo fuera lo bastante inteligente como para ver la malicia que esconde la alerta tan particular que hace sobre ti, motivada únicamente porque decides que si una persona solo abre el chat para que hables tú no te apetece hablar, porque no te gusta hacer monólogos, sino comunicarte e intercambiar impresiones sobre cualquier asunto, por trivial que sea, aunque no tenga un fin concreto; sólo porque te gusta lo que sientes cuando hablas o intercambias comentarios con otro ser humano aunque sólo sea sobre una vieja canción mexicana de Lola Beltrán, el calor del verano, Berruguete y Salcillo, el ascensor de una foto, la foto de una amiga en la que está particularmente guapa.
Nadie pide que todos los días se hable, ni todos los meses, sino que si se tercia se hable si te apetece de lo que te apetezca, pero no constreñir a la otra persona a hacer u obrar según tu capricho. Nadie está obligado a soportar a nadie, si alguien no te gusta elimina la conexión de esa persona con tu red y a otra cosa.
Puede ocurrir que incluso un mal día en la que alguien te hiere ofrezcas a todo el mundo saldar cuentas pendientes contigo, pero no hay narices, es más gustoso machacar la imagen de esa persona frente a antiguos coincidentes espacio-temporales con los que apenas compartiste alguna conversación o juegos en el patio del recreo. Pero esa persona no se da cuenta de que todos somos absolutamente desconocido porque han pasado más de veinte años en los que como máximo te has encontrado con alguien por la calle y no te han querido saludar, o has intercambiado algunas frases con prisa. Lo siento, pero nada de lo que pueda contar ese fantasma del pasado interesa a esas personas, porque ni era de su interés en el pasado ni por supuesto ahora. Pero en las redes sociales el azar es caprichoso y por muchas precauciones que se tomen acabas enterándote por lo que alguien escribe en un muro mencionando palabras como "latente" y "remover", muy reveladoras porque se pronuncian en un contexto muy específico, e igual que ese muro delator alerta de una cierta corriente de comunicación, alguien puede acabar revelando que se está cometiendo un delito contra el honor y la propia imagen, por mucho que se crea que no queda rastro porque la persona tan cautelosa habla por chat y cree que no deja rastros. Se olvida que existe un elemento probatorio llamado TESTIGO, y que no todo el mundo va a jalear el linchamiento moral chat a chat que va haciendo.
Tal vez ciertas personas tengan o tengamos una personalidad que en nada se adapta al predominante montón montonero en el que sólo se puede actuar de una forma: como borregos siguiendo a la cabeza del rebaño. Pero este país tengo entendido que es libre casi tanto tiempo como llevo viva, y desarrollo libremente mi personalidad sin menoscavar a nadie apuñalándolo con el dedo acusador con su nombre y apellidos. En cambio, se está juzgando a alguien vía chat por no fingir que le gustan excoincidentes espaciotemporales que en su día no demostraron ninguna afinidad cuando convivías con ellos y en la actualidad demuestran seguir igual.
Si alguna duda quedaba ya está solventada.
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